A propósito de País de Proletas de Diego Fernández en Galería Metropolitana.

“Se derrite en tu mente, no en tu mano” Mike Kelley

La última exposición de Diego Fernández, en Galería Metropolitana, se entiende como una obra, y no como un fragmento de creaciones dispares. Es un conjunto, formado por escultura, fotografía, pintura, música, arquitectura e instalación, que cuestiona la idea de Chile como un país de poetas.

El muro de plumavit pintado negro, y luego ‘rallado’, que recorre todo un costado del galpón, alude, por contraste, a la solidez del cemento callejero. Satiriza así, lo pasajera de la palabra escrita en el espacio público -en la muralla ajena- con el fin de comunicar poéticamente la existencia o decir “yo estuve aquí”.

En medio del muro, una colección de fotos muestra a distintas personas repitiendo los mismos, típicos gestos como por ejemplo, reunirse alrededor de una torta de cumpleaños, retratar al perro querido o buscar la abstracción por medio de la cámara fotográfica. Diego, desde estas imágenes elegidas de su colección de fotos encontradas pareciera preguntar ¿Qué tan poéticos son estos actos? ¿No se asemejan acaso de alguna extraña y familiar manera a todos nuestros cumpleaños, a nuestras fotos de perros, a nuestras “artísticas” pruebas de cámara?

El amarillo de señalética urbana, que cubre todo el piso, es el color de la precaución y eso no se asocia con la poesía. Acto que se entiende como comprometido, sufrido, felizmente desgarrado. Este color si sirve para generar una atmósfera de alerta, algo saturada, que apunta a un estado de emergencia más que a uno de nostalgia y reflexión.

En una esquina del pequeño espacio entre el gran galpón exhibitorio y la casa de los dueños de Metropolitana, Diego construyó una estructura precaria de plástico para hacerle de hogar a una simple paloma. Esta destartalada instalación, con una rama en su interior, tiene una extraña lógica ya que no alcanza a ser jaula ni tampoco vitrina. Es lo que hay y con eso pienso en esa perversa distorsión de hallar pintoresco lo pobre, de encantarse con la precariedad. Por que la paloma, símbolo del mensaje de la paz, es en verdad un guarén con alas idealizado, que en la obra de Diego vive entre la basura.

Mirando el conjunto de materiales que constituyen la obra, en su mayoría recogidos en la calle, reciclados o comprados en la ferretería, pienso en aquello particular que motiva a Diego, un hambre por masticar la cotidianidad que nos desconvierte en poetas.

La trampa eso si esta justamente en la astucia con la que Diego ha transformando y editado lo encontrado, que convirtió este conjunto de materiales carentes, frágiles, perecederos y simplemente comunes, en expresión artística, imbuyéndolos de sentido, de potencialidad. Y aunque sin vacilación en esta muestra se encontraban lenguaje y técnicas públicas, materiales y estrategias ordinarias, con la intención de mostrar la deficiencia poética de la realidad chilena, el conjunto insólito que Diego logró, provoca una armonía, por muy subterránea que sea. Es decir, que a pesar de su deseo de ironizar el mito de “Chile país de poetas” es tal la sensibilidad en la unión de las partes que su obra no deja de ser lírica. Sin embargo, queda establecido que a pesar de la concordancia interna de la obra de Diego, él apunta a un tipo de belleza que ridiculiza lo idílico, que desmiente lo bucólico, y propone el triunfo de la estética proleta.

Finalmente entiendo que no desdicha la poesía, sino que invierte la idea de un país de poetas con refinadas sensibilidades, por la menos encantada visión de un país de gente carente de los medios de producción para las Artes, en donde no queda otra que construir sentido con materiales desprovistos y con una actitud desafiante y profundamente espontánea.



Selma Ledder

Chile 2007